La visita de los Reyes magos
Leticia Rossy

El matrimonio era humilde, pero emprendedor. Luego de muchos sacrificios, pudieron hacerse de su casita propia, en una modesta urbanización construida en medio de lo que hasta poco antes había sido una vaquería.
Para la década de los ’50 la ciudad de San Juan crecía exponencialmente. La agricultura, herida de muerte, dejaba desamparados a cientos de campesinos que emigraban a la capital en busca de su supervivencia. Así surgieron los arrabales y se pobló el caño de Martín Peña, en la periferia de la ciudad, con casuchas a menudo hechas de cartón, maderas podridas y materiales desechados.
Los primeros en llegar al caño, pudieron asentar las zapatas de sus chozas en el babote de las orillas pantanosas. Esos eran los privilegiados. Las oleadas subsiguientes debieron resignarse a vivir en casuchas que como garzas, hundían sus patas en el agua ya pestilente por los desechos humanos de los primeros que llegaron allí. Conectaban entre sí sus tristes viviendas con endebles tablas que servían como puentes comunicadores de la miseria.
Pero el matrimonio de nuestra historia había corrido mejor suerte. Luego de trabajar y economizar hasta el último centavo, habían logrado unirse a una federación de empleados del gobierno insular ”FEGI”. Así organizados, compraron entre todos una estrecha franja de terreno de una vaquería, muy cercana al caño, la dividieron en pequeños solares y construyeron sus humildes viviendas de cemento. En ella residían desde finales de diciembre. Ahora, en el mes de enero, recibirían por primera vez a los Reyes Magos; la ilusión de sus dos hijos de cinco y seis años.
La ansiedad de los padres, era, si posible, aún mayor que la de los pequeños. Agotado el presupuesto familiar por la mudanza y compra de los útiles necesarios para la nueva vivienda, apenas sobraron unos centavos para hacerle frente a los pedidos que los inocentes niños con tanta ilusión clamaban de los Magos.
Con gran esfuerzo y regateo lograron adquirir sustitutos, apenas aceptables, a los pedidos de los infantes. Padre y madre, resignados a ver caras de desilusión en sus adorados vástagos, en la mañana del seis de enero, casi ni durmieron en la víspera, angustiados.
Por fin, temprano en la mañana de ese día, pusieron abochornados los humildes juguetes bajo el árbol. En eso vieron llegar al carro de la lechería Tres Monjitas, que tirado por dos caballos hacía su entrega diaria del preciado alimento.
Pero los sinvergüenzas caballos, por alguna razón incomprensible, decidieron ambos vaciar sus intestinos; o sea, cagarse, justo a la entrada de la casa. El matrimonio salió indignado y de mala gana comenzaron, a fuerza de chorros de agua de la manguera, jabón y escobazos, a limpiar los desperdicios malolientes de los malditos caballos.
Estando en plena brega, se despertaron los niños, que fueron a ver lo que hacían sus padres en la mañana de Reyes.
-Mami, ¿qué pasó?- preguntó Magnolia, la niña de seis años.
-Uff eso apesta.- dijo Paquito desde la inocencia de sus cinco años.
Padre y madre se miraron, molestos por el contratiempo, pero no queriendo empañar la ilusión de los niños en ese día.
-¡Que los camellos de los Reyes Magos se hicieron caca frente a nuestra casa!- ripostó en una brillante improvisación, la madre.
Los pequeños se desbordaron de asombro y alegría ante el inesperado suceso; ¡Los camellos de los Reyes Magos habían estado allí y se habían hecho caca enfrente de su propia casa!
Mas tarde, niños y padres fueron a abrir los paquetes que contenían los regalos que los Magos de Oriente les habían traído.
Apenas unos días después, ya los niños habían olvidado lo que les habían regalado los Reyes. Lo que siempre recordaron, y contaron entusiasmados, para deleite de todos los que los escucharon, fue que los camellos de los Reyes Magos se habían hecho caca frente a su casa.
Todavía hoy, seis décadas y dos generaciones después del suceso, ese cuento sigue dando de qué hablar y llevando alegría en cada reunión navideña de esa familia.