REGALOS RAROS
Sol Silvestre
Emma se tomó varios días antes de escribirle a Santa. «Es una vez al año», se dijo, «Tengo que pensarlo bien». Entonces fue cuando vio el anuncio del agua Los Glaciares, y ya no tuvo dudas.
Aquella Nochebuena abrió el regalo con desesperación. Y no era para menos: jamás había pedido algo tan maravilloso.
-Te llamaré Rudolph -gritó en cuanto lo vio desperezarse-, en honor a quien te trajo hasta aquí.
Las patas de Rudolph se parecían a las pantuflas de la abuela Iris, blancas y mulliditas, solo que mucho más grandes. Hacía unos sonidos bastante divertidos, como de motor de auto en un día de lluvia y la miraba a Emma con los ojitos achinados detrás de una maraña más blanca que el vestido de comunión de su prima Candela.
-Emma, querida- dijo por fin la abuela Iris con lágrimas en los ojos, porque Rudolph eran sin lugar a dudas bastante adorable-. Los osos polares no soportan el calor de aquí. Debería vivir en un iglú, por lo menos. Lo siento: ¡tendrás que devolverlo!
Aquella misma noche, sin embargo, mientras miraba a Rudolph durmiendo plácidamente frente al split de su dormitorio, a Emma se le ocurrió algo genial.
El cinco de enero Baltazar acomodó en su camello un freezer del tamaño de una puerta, sin cajones ni estantes, y les comentó resoplando a Melchor y Gaspar:
-¡Estos niños cada vez piden regalos más raros!
