Cuento de Zunilda Borsani . Ilustraciones de Adriana Borsani
Los vecinos curiosos que habían seguido a los amigos hasta la casa del violinista, no dejaban de mirarlos con ojos asombrados. También ellos se sentían invadidos por la alegría que reinaba en el pequeño barrio. Todos se reunieron frente a la casa del muchacho, se sentaron en las veredas, en los muros de los jardines, en los cordones y hasta en la propia callecita. Como verán habían interrumpido el tránsito y los conductores que pasaban por allí, bajaban de sus autos y se sumaban a la multitud. Nadie había quedado en las pequeñas casas. ¡Era increíble!
Desde ese día, todas las tardecitas de enero, los vecinos se reunían frente a la casa del violinista y acompañaban su música con cantos y palmas.
El tiempo fue pasando. . .
Agustina y el hombrecito, fueron grandes amigos. Él ya nunca más mostró su rostro ceñudo y amargo. Tampoco caminó con la cabeza baja. Ahora él poseía la casa más clara y luminosa, su jardín era el mejor cultivado y más colorido del barrio y su perfume se sumaba al que había en aquella pequeña y angosta callecita, sus árboles crecieron tanto y tanto, que llegaron a dar las uvas, ciruelas y naranjas más grandes y exquisitas, las cuales fueron el deleite de los niños del barrio, que cada vez fueron más y más, los que se acercaban por allí.
Agustina no dejó de preguntarse una y otra vez:
– ¿Por qué habrán temido de él? Si es el hombrecito más bueno y alegre que he conocido…
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