Cuento de Zunilda Borsani . Ilustraciones de Adriana Borsani

Tenía un amigo muy cerca de su casa que tocaba el violín desde pequeño y de vez en cuando sus padres le autorizaban ir hasta su casa para oírlo tocar, aunque Agustina siempre escuchaba de lejos sus melodías desde la suya. Era un precioso jardín con flores que perfumaban toda la angosta callecita de aquel barrio. Su madre siempre le colocaba su manito sobre las diferentes flores e iba contándole los nombres de cada una.
- Mira, hijita, aquí están las alhucemas cuyo perfume a lavanda se derrama en el aire, más allá están los pensamientos que parecen tener rostro y son de muchos colores, después los alelíes, los crisantemos blancos que parecen copos de algodón, las anémonas de fuertes colores, y allí, cerca de la ventana de tu habitación, crecen unas pequeñas rositas rojas que se enredan a las rejas.
La pequeña escuchaba a su madre fascinada con sus relatos y luego parecía que las veía y sentía sus aromas y su textura.
- Quédate un rato más si quieres, hijita, mami irá a preparar el almuerzo, luego te llamo.
- Me quedaré sentada sobre esta piedra, ella me da mucha seguridad, me gusta tocarla y a veces parece que me trasmite algo.
- ¿Algo cómo qué, Agustina?
- No lo sé mami, sólo sé que me gusta su textura rígida y fuerte.
La pequeña se sentó sobre una gran piedra gris con tonos rojizos que auspiciaba de banco y se puso a escuchar todo lo que ocurría en aquella pequeña callecita. Su jardín quedaba exactamente frente a la casa de nuestro hombrecito y éste solía hacer sus mandados todos los días, recorría la pequeña calle empedrada, todos le temían, nadie se asomaba para saludarlo. Ese día Agustina estaba más perceptiva que nunca y logró escuchar unos pasos firmes y pesados justo frente a su portoncito. Se levantó, aspiró el aire fresco de la mañana perfumada de aromas a verde de los árboles y flores de los jardines.
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