JUAN Y SU PIZZA
Una tarde, Juan del 6to piso, del barrio de Trompúmedes, le dijo a su mujer que iba a salir a tomar aire.
Mientras bajaba las escaleras, se topó con un señor que él nunca había visto. El hombre parecía apresurado. Esto le llamó la atención a Juan quién dijo: -Disculpe señor, ¿me podría decir cómo entró a este edificio?
-Creo que no es asunto suyo – respondió el señor.
– Todo lo que pasa en mi edificio es asunto mío, además cómo sé yo que usted no es un ladrón – dijo Juan.
– Para su información, a mí me mandaron a traer una pizza, no a robar – respondió el señor
-No me voy a quedar tranquilo hasta que me muestre la pizza y la moto – dijo Juan.
-No tengo moto, soy de acá a la vuelta, puedo venir caminando, si me acompaña le muestro la pizza, tome – respondió el señor algo agotado mientras le daba un imán de donde trabajaba.
Juan lo leyó y vio que decía “Solopizzas, un mundo de sabor”.
El señor guió a Juan hasta donde tenía apoyada su pizza.
Juan se enfureció al ver que la pizza se encontraba sobre el felpudo de la entrada.
-Espero que tengas una explicación – dijo Juan elevando el tono.
-Es para subir más rápido las escaleras, además no puedo tocar el timbre con las manos ocupadas – contestó el señor.
-¡¿Le parece que puede dejar la pizza encima del felpudo?! – gritó Juan rojo de ira.
– Enseguida la retiro – respondió el hombre.
Juan se quedó junto a él para fijarse si había hecho lo que dijo.
Una hora mas tarde…..
El señor había lavado el felpudo para que Juan estuviese satisfecho.
Se dirigían hacia el piso donde debía ser entregada la pizza, mientras charlaban. Juan le preguntó al hombre a qué piso iba y éste le respondió que al sexto. Juan, algo exaltado, le dijo que él vivía allí.
Mientras discutían llegaron al 6to piso. Juan no lo dejo entrar y le cerró la puerta en la cara. La esposa le preguntó por qué había tardado tanto y él le respondió que no importaba. Luego de dos minutos Juan le preguntó qué iban a comer y su mujer le contestó que había encargado una pizza que estaría por llegar.
Joaquín Pico Piñeyro
“Mamá hay una sola”
de Joaquín Pico Piñeyro
Fue un 5 de enero cuando emprendí un viaje con mis amigos, Marcos, Paolo, Enrique y Maxi desde Chicago hasta Florida.
Con sólo 13 años nos escapamos de nuestras casas sin contar nada a nadie.
Ya habíamos planeado esto desde 5to grado, claro que nunca imaginé que nos atreveríamos.
Elegimos ir para Florida porque teníamos un amigo por carta que tenía 18 años y vivía solo porque su padre y su madre habían muerto en un accidente automovilístico. Además estábamos hartos de no poder hacer lo que queríamos.
Lo primero que hicimos fue contar el dinero que teníamos ahorrado, 200$. Sabíamos que no aguantaríamos mucho y que deberíamos viajar colados, o hacer dedo en la autopista.
Luego encontramos un teléfono público y llamamos a nuestras mamás para que no se preocuparan.
El primero en hablar fue Marcos, muy valiente por su parte enfrentarse en una incesante discusión de sufrimiento y angustia. Pero finalmente le explicó las cosas (algo cambiadas).
La mamá le rogó que volviera, la cosa fue que lo convenció y volvió, pero sin nosotros.
Cinco minutos antes de irse nos dijo que haría lo posible porque nuestras mamás no se preocuparan.
El siguiente en llamar fue Paolo, quien no dejaba de pensar en que mal se pondría su madre si él la abandonaba.
Él también decidió irse ya que en la conversación notó a su madre muy triste.
Pero no se fue sólo, Maxi también decidió volver.
Sólo quedamos Enrique y yo.
Solamente aguantamos dos horas sin nuestras madres, volvimos llorando por haberles dado ese susto. Primero él fue a su casa, lo saludé y vi cuan fuerte abrazaba a su madre y la alegría que tenía al verla.
Por fin llegue a mi casa y salté sobre los brazos de mi mamá, la abracé como nunca y finalmente me di cuenta de que “madre hay una sola”
